El otro nombre de la educación
La educación es el otro nombre de la dignidad
Fabricio Caivano
Existen fechas en las historias de los pueblos que sirven para marcar un antes y un después. Tal es para España el año 1939, cuando terminó una guerra y con ella acabó una posibilidad de democratización de su sociedad que se había iniciado ocho años antes, con la Segunda República. Empezó entonces lo que para muchos españoles supondría el desgarro del exilio, aunque también la posibilidad de una vida nueva conviviendo con otras gentes, rodeados de distintos paisajes. Cuando se me ofreció la posibilidad de homenajear a los exiliados, pensé que podía hacerse a través de una muestra que hablara de aquello por lo que muchos de ellos habían luchado y que sirvió más tarde para inspirar en Uruguay a otros que compartían la misma ideología y el mismo anhelo de justicia. Así surgió, en germen, la exposición “Las Misiones Sociopedagógicas entre España y América: México-España-Uruguay”.
Así surgió. Pero por el camino se fue enriqueciendo hasta convertirse en algo muy distinto a lo que había empezado siendo, arrastrando consigo otras fechas —dolorosas unas, de esperanza otras—, involucrando a numerosas personas e instituciones en un intento de recuperar colectivamente la historia de cómo los misioneros laicos de la República Oriental del Uruguay —mujeres y hombres de distintas generaciones y especialidades, aunque mayoritariamente maestros—, han construido una y otra vez proyectos pedagógicos y sociales que resultaron transformadores de la dura realidad de lo que Felipe Cantera llamaba “rincones olvidados”, aquellos que difícilmente aparecen en los mapas y que son habitados por gentes invisibles para las grandes políticas de los Estados. Esta historia polifónica, que se reconstruye básicamente a partir de fragmentos y de testimonios orales, está inconclusa porque está viva y porque espera de otras voces que la llenen de matices, que la multipliquen, que la recuerden, que la reinventen y que la corrijan. Por todo ello, esta muestra es un principio y no un fin. Simplemente, es una excusa para la reflexión.
Este camino no ha sido recorrido en solitario. El maestro Gabriel Scagliola ha sido el responsable conmigo de esta tarea y no hubiera podido llevarse a término sin la activa colaboración de Sylvia Acerenza, Graciela Echart, Cristina Hernández, María Hortiguera, Teresa Jiménez-Landi, Carolina Lazo, Pablo Levinis, Susana Luzardo y Cristina Sánchez; y sin la asesoría y el trabajo de la Coordinadora de Misioneros Socioculturales pro Muestra de las Misiones. Gabriel y yo hemos aprendido de muchos, que nos han ido desvelando los misterios de ese otro nombre de la educación llamado dignidad. Especialmente agradecemos la ayuda y la generosidad de Álvaro Alonso, Daniel Nuñez, Jorge Bralich, Lila Buenafama, la familia de Felipe Cantera, Griselda Cal, Cristina Contera, Istra Cuncic, Laura Domínguez, Nancy Espasandín, Margarita Fernández, Rubén Fernández Chaves, Milton García Sosa, Artigas Gándaro, Susana Iglesias, Moisés Lasca, Amalia Pedrerías, Renzo Pi, Miguel Soler, Rubén Yañez, Germán Wettstein y Mónica Zervino, Shirley Ferreira y María Teresa Grasso.
Por último, han sido también numerosas las instituciones que nos han brindado su apoyo, imprescindible en una muestra de estas características: Asociación para el Estudio de los Exilios y Migraciones Ibéricos Contemporáneos (AEMIC), Centro Asociado de la UNED en Buenos Aires, Centro Cultural de España, Consejo de Educación Primaria (ANEP), Dirección de Formación Docente (ANEP), Centro de Misiones Socio-pedagógicas de Treinta y Tres, Comisión Sectorial de Enseñanza (Udelar), Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (Udelar), Instituto de Formación Docente de Melo, Instituto de Formación Docente de Treinta y Tres, Instituto de Formación Docente de Salto, Institutos Normales “María Stagnero de Munar y Joaquín R. Sánchez”, Museo Pedagógico “José Pedro Varela”, Organización de Estados Iberoamericanos (OEI), A.deM.U – F.U.M.
María García Alonso